007, con licencias (publicitarias) para matar

Entre los distintos tweets que inundan mi timeline, me encontré con uno que llamó poderosamente mi atención:

“El FC Barcelona y Intel firman un innovador acuerdo de patrocinio”.

Pasando por alto la flagrante falta fonética de la lengua castellana (esa ‘y’ en lugar de ‘e’ para evitar la duplicidad del fonema /i/), se trata de una noticia que debería entusiasmarme: dos de tus lovemarks se unen en una bonita comunión cuyo principal activo, colaboraciones económicas aparte, es una curiosa acción de branding, aplicando de forma muy creativa la filosofía de marca que representa a una (Intel) en uno de los elementos más diferenciales que posee la otra (la camiseta), sin que por ello ninguna de las dos pierda ni un ápice de su personalidad. Vamos, un win-win que lo llamarían los gurús. Bravo.

Pero fíjate, esta noticia no me hace gracia. ¿Por qué será?

A mí este chiste ya me lo han contado antes

Situémonos: Julio de 2009. La pretemporada empezaba a dar sus primeros coletazos en el momento más dulce de la historia del barcelonismo: el Barça arrasaba en España y en Europa con total autoridad después de lograr el triplete (¡ja! si no lo digo, reviento :P)

Como es lógico, estos coletazos en su mayoría eran fotos de jugadores presumiendo de pareja en vacaciones, fichajes y rumores everywhere, las primeras campañas de captación de abonados y por supuesto, presentaciones de camisetas de cara a la siguiente campaña.

Si había una que destacaba, era la del Getafe C.F., y no por el diseño exterior… sino por el curioso patrocinio de Burger King, tanto por fuera como, por dentro.

Vamos, que Pedro León no será Maradona ni Zidane, pero por lo menos se podría sentir como un king después de meter un derechazo por la escuadra en el Coliseum.

 ¿Y por qué me molesta tanto esta chorrada? Porque además de ser un “plagio” bastante menos cachondo que el del equipo azulón, creo que el dpto. de Prensa azulgrana se ha permitido un par de licencias periodísticas para vender de forma más bonita si cabe esta colaboración.

 “Esta será la primera vez que un logo se coloca dentro de la camiseta de un club.”

¡Qué bonito es todo cuando se pinta tan bien! Menos mal que luego somos los publicitarios unos vendidos al capitalismo que cuentan las cosas de forma subjetiva. Ni es la primera vez que se coloca un logo en la parte interior de la camiseta de un club, ni es la primera vez que una marca deja un mensaje en el reverso de la elástica azulgrana. Es más, en can Barça lo saben bien:

En este caso SÍ QUE ME EMOCIONA. ¿Y a quién no? Tocar la fibra sensible del aficionado mediante mensajes cargados de significado en el reverso del escudo fue parte de una bonita (y desconocida) acción que Nike llevó a cabo en todas sus camisetas futboleras de la temporada 10/11. A mí personalmente me sorprendió mucho al descubrir un evocador “Believe” en el reverso de la camiseta del Manchester United. Toda una oda al teatro de los sueños,

 ¿Qué distingue a dos acciones tan similares en naturaleza?

Una es evidentemente comercial, no oculta los intereses que las 2 marcas tienen depositados; mientras que la otra es puramente emocional, pretende dotar de un significado especial a un producto (la camiseta de un equipo de fútbol) que de por sí ya tiene un valor simbólico enorme.

Vamos, que si esperan que en su próximo gol Neymar Jr. se levante la camiseta para que la gente piense que es un cyborg Intel se van a quedar a medias. Ya puestos podrían haber ido a por un acuerdo más potente a nivel de publicity, robándole a Qatar Airways el patrocinio principal. ¡Otro gallo cantaría!

Nota: Este artículo ha sido publicado en una versión ligeramente reducida en el número de Enero-Febrero 2014 de la Revista Üalà

Admanece, que no es poco

Me topo en el recomendadísimo y recientemente publicado libro acerca del icono del cine subruralista, Amanece, que no es poco, de José Luis Cuerda, con una cita del mismo autor en la página 24 que me hace dar un brinco del taburete.

«Yo no puedo vivir en el territorio de la gratuidad. Por ejemplo, no sé moverme en la publicidad, en los videoclips. No sé poner un plano detrás de otro porque sí, porque son bonitos, porque quedan “guays”. Si lo que estoy haciendo no responde a una necesidad intrínseca, no sabré hacerlo nunca.»

Plasmándola aquí no pretendo sino invitar a la reflexión a quienes se encuentren leyendo estas líneas, se dediquen a la publicidad o no, y a despertar en ellos —y por qué no, al propio Cuerda— el mismo debate interno que ha generado en mí.

Dice el autor que la publicidad es un plano bonito detrás de otro porque quedan “guays”. Y ya está. Algo que me inquieta leer y a la vez me sonroja como publicitario que soy. Me sonroja porque sé que tiene razón. Y me inquieta porque yo soy muy de inquietarme.

Puede que, ídolo manchego, tenga usted razón. Pero sólo en parte —y vaya parte—. Vender no es fácil. Es un proceso lento que requiere de un control y análisis semiótico de cada milisegundo, coma o píxel. Un control que no es, o no tendría que ser, gratuito. Y no le culpo. Compara usted lo que es con lo que debería ser.

Si afirma tan rotundamente que lo que usted sabe hacer es poner planos detrás de otros que respondan a una necesidad intrínseca, lo que debería realizar es un spot publicitario. Y eso, como buen amanecista que soy, he de reconocer que sería la bomba.

Texto: Víctor Izquierdo

Nota: Este artículo se publicó originalmente en una versión ligeramente reducida en la Revista Üalà que puedes visualizar aquí. Si quieres visualizar la revista completa puedes hacerlo aquí.