Se hacen los tontos

Están ahí. Lo dice Snowden. Lo dice Iker. Lo dice Black Mirror.

Nos observan. Saben lo que vemos. Lo que compramos. Con qué vídeos preferimos tocarnos. Las veces que hemos entrado en Wikipedia y los gastos de envío aplicables a aquel pedido de Amazon que cancelamos en el último momento movidos por un súbito arrebato de cordura.

Claro. Nuestro smartphone tiene cámara frontal. Nuestro portátil, también. Y nuestro iPad. Nuestras cookies son sus cookies. Los satélites de geoposicionamiento nos siguen con precisión de francotirador.

Un algoritmo, en su salsa

Un algoritmo, en su salsa

Algoritmos de razas diversas devoran con fruición cada una de nuestras decisiones y dibujan un perfil preciso de quiénes somos hoy, quienes fuimos ayer y, muy probablemente, quienes seremos el martes que viene.

Por eso, no entiendo lo de las cuñas de Spotify.

Spotify se hace el sueco

Spotify se hace el sueco

Si llevo el último lustro alimentándome a base de David Bowie, Franco Battiato, Tom Waits o Leonard Cohen… ¿qué demonios me importa lo caliente que es el último single de Cali y el Dandy? ¿O saber cómo se llama lo nuevo de Bisbal?

Tampoco entiendo lo de Amazon.

Si saben a ciencia cierta que acabo de comprarme una batidora. ¿Por qué me siguen sugiriendo batidoras? ¿Creen que las colecciono?

La única respuesta que se me ocurre es que les conviene hacerse los tontos. Fingir que no nos conocen tan bien como sospechamos. Hacernos soñar con la posibilidad de que, quizá, existe una manera de escapar.

Nota: Este artículo ha sido publicado en el número de marzo de 2017 de la Revista Üalà.

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